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Un apunte acerca del antidiscurso político: fondo y forma de la retórica política


Número 24, año 2019


      Imagen tomada de ENLACE.
por Fernando Limeres Novoa [1]

El lenguaje nunca es inocente
Barthes


El discurso político como antidiscurso
En primer lugar, y desde un punto de vista lingüístico, todos los constituyentes de la jerga electoral, a saber: su sintagmática, los esloganes simplistas, los dogmas publicitarios, la bravata eleccionaria; asimismo, su contenido "lógico", dado mediante un remedo de argumentación en la siniestra apelación a la emotividad mediante hiperbólicas promesas, olvidadas ipso facto al asumir cargos y prebendas; en la dimensión oral, su tonalidad teñida de un triunfalismo voluntarista, codificada en tonemas ascendentes, lindantes con el paroxismo adrede fingido; así como también, su pragmática, es decir, su finalidad, desplegada en la abstracción de una estrategia que construye castillos de naipes tan frágiles como cínicos; al entremezclar lo justo, lo posible y lo deseable y por otra parte, al subordinar todo elemento constructivo de su discurso, precisamente a la finalidad ulterior de obtener poder; finalidad que vacía de sentido su enunciación.
Por otra parte, la distinción de la pragmática entre "receptores" y "destinatarios" de los mensajes es particularmente operante: mientras la primera denominación proviene de la informática y originalmente se refería a máquinas, la segunda trata de hombres y mujeres para los cuales fue pensado el mensaje. Esto es clave: el antidiscurso político los menta como "destinatarios", sin embargo, los trata como meros "receptores" que, pasadas las elecciones, por arte de cinismo, pierden su condición de ciudadanos y se convierten en fantasmas; mera evanescencia para quienes ya realizaron su negocio. Los rasgos anteriores subvierten/ pervierten el valor comunicativo del lenguaje; esto en absoluto es un tema menor; porque no se comunica cuando se engaña. En ningún caso, se comunica cuando se traiciona la fiabilidad de todo intercambio comunicativo, nunca se comunica cuando se disimula la verdad; cuando se la maquilla o se abusa de la elasticidad eufemística de la lengua y fundamentalmente, jamás se comunica cuando se confina al otro a la pasividad y a la obediencia, en definitiva, a la irreflexión. Es verdad también que las funciones del lenguaje son múltiples y no pueden reducirse a enunciados meramente descriptivos como sostenía Austin, sin embargo, la enunciación descriptiva es vital en los enunciados electorales por su naturaleza constatable. En esta línea, todas las propiedades anteriores pervierten
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la entidad comunicativa del discurso; la que según la perspectiva pragmática, es tal cuando incorpora a los otros en términos de horizonte de sentido y estos coelaboran los mensajes. En este aspecto, la discursividad política -verborrea o galimatías da igual- incluye en su expresión a los destinatarios, los menta, los invoca y los convoca. Sin ambigüedades los multiplica en la dimensión formal -artilugio retórico- pero su contenido, esto es, su orientación es autorreferencial dado que todo discurso político se piensa y se expresa con la finalidad única y excluyente de alcanzar el poder. Históricamente su ejercicio ha sido egotista, un monstruoso avatar de la egolatría. Finalidad que subyace en el inicio de la génesis discursiva y en su cierre. Finalidad que es la voz autoral que escribe y enuncia denotativamente "nosotros" cuando, en rigor, tácitamente dice "yo"; así, de este modo, connotativamente remite al "yo" o a su excrecencia "yo y los míos". Incluye a los otros en lo formal en tanto que en la praxis los excluye de cargos y decisiones.
En este sentido, sucede una aporía verbal que retorna paradójicamente desde el "nosotros" al "yo"; una aporía narcisísica, en la terminología psicoanalítica, que reencuentra su ego en los otros que han sido instrumentalizados para ese encuentro. Sucede también frente a la omnipresencia del antidiscurso político que los enunciados positivos, los enunciados optimistas, los enunciados que refieren una realidad que mágicamente se tornara diversa a la conocida y padecida por la colectividad, convocan sus antítesis, sus predicados antitéticos en una conciencia que no se deja embaucar por la floritura del marketing o el entusiamo de las consignas;  y que supera la perplejidad y las somete a crítica.
Dado que se alarma cuando constata que en el contexto actual mediante las diversas tecnologías se "venden" candidatos como si fueran zapatos, teléfonos o el saldo oportuno de la  temporada; el discurso político es un antidiscurso al vulnerar el pacto de sentido entre los polos de la comunicación verbal porque patrimonaliza el lenguaje en un uso perverso del mismo modo como en el futuro sus candidatos patrimonalizarán las instituciones legitmados por el malentendido de las urnas amparados en la consigna maximalista del "bien común".
Se empobrece el lenguaje al reducirlo a la unidireccionalidad de sus intereses, al confinarlo en las categorías relativas de su ideología particular que miente al intentar representar lo general. El discurso político es un antidiscurso al reducir la comunicación, fenómeno de interacción humana marcado por su dinámica multipolar, a la instrumentalización de sus receptores; reducidos, a su vez, a objetos de un discurso que les niega precisamente su subjetividad, su capacidad de construirse en el discurso. De este modo, apela a una masa indiferenciada oportunamente mediante una discursividad idealista e idealizada que procura en una dialéctica de estímulo/respuesta una acción que -pura emotividad- legitime en las urnas aquello que carece de toda legitimación de naturaleza moral. Hoy el antidiscurso político sirve para vender y no para convecer ni debatir, menos aún para plantear soluciones reales a problemas reales que generalmente exceden su articulación. Su función es la venta de un producto -el candidato- inmerso en el devenir de las sociedades capitalistas. El discurso pierde su otrora poder transformador de conciencias y acciones, destinado a disolverse en la no comunicación. Se manifiesta sí en la sobreestimulación publicitaria de la compra y de la venta.
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En efecto, la comunicación es reemplazada por un sucedáneo cruel, en el vaivén grotesco del estimulo/respuesta la ciudadanía cree efectivamente, a pie juntillas, ejercer el derecho eleccionario cuando en rigor lo anterior es la prueba vehemente de haber caído una vez más en la trampa del compra/venta electoral. De esta manera, la ausencia de legitimación discursiva se suma a otras tantas que impugnan el mismo concepto de "representatividad política" en la atribulada sociedad contemporánea. Consecuencia de lo anterior es la carencia de significación, de sentido pleno, en razón de que tanto la finalidad discursiva como sus participantes y sus contextos de emisión y recepción resultan viciados en su objetivo publicitario.
En ningún caso, la vaciedad discursiva del texto político, su vacuidad, su temeridad casi inconsciente en el manejo amoral de los significantes, su banalidad, serán demandadas a los candidatos triunfantes. Colectivamente somos el reverso de aquel memorable cuento de Borges, "Funes el memorioso", que no podía dejar de recordar cada minuto vivido,  puesto que la desmemoria crónica y fatal de la ciudadanía asegura el gran significado que ostenta en las sociedades actuales el poder: impunidad sin disimulos, sin reservas, sin límites.
Benjamin, Adorno y sobre todo Habermas, coincidieron en señalar la obturación discursiva presente en la arenga política: Lindante con "la palabra autoritaria" de Bajtín, propia de la prepotencia del discurso profético veterotestamentario, del autoritarismo del dogma religioso y del antidiscurso fascista; mismos que no apelan a las conciencias ni a la realidad dialógica del lenguaje porque suponen y necesitan no receptores críticos, sino más bien creyentes afectos a la dócil obediencia pasiva, al acatamiento virtuoso, a la alineación automática.
En fin, el argumentario político es una colección de añejos tópicos que solo produce tedio e indiferencia en los receptores empeñados en su épica cotidiana de supervivencia. En este aspecto, quizá esté implícita cierta recuperación de la memoria en la indiferencia del electorado, esto es, su nihilismo partidario es justo castigo frente a la repetida elección tras elección subestimación discursiva. Por tanto, a nosotros corresponde devolver a la palabra todo su valor, toda su dignidad.

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[1] Profesor de literatura latinoamericana. Periodista. Investigador orientación: análisis decolonial de textos literarios. Ponente en diversos congresos de universidades americanas y europeas: Universidad de Vigo, Universidad de Salamanca, Universidad de La Sapienza, Universidad de York, Universidad del Salvador, Centro de la Memoria Haroldo Conti (Buenos Aires). Contacto: fernandolimeres@yahoo.es



Cite este post:
Limeres Novoa, Fernando.  2019. Un apunte acerca del antidiscurso político: fondo y forma de la retórica política. Blog nuestrAmérica, 3 de febrero, sección Columnas. Acceso [día de mes de año]. https://rvnuestramerica.blogspot.com/2019/02/un-apunte-acerca-del-antidiscurso.html



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